A veces por la noche. Las porterías del Ensanche.
     A veces por la noche, durante el momento mas óscuro de mi desolación, vagaba por las calles muy tarde sintiéndome como un prisionero en ésta ciudad. Encerrado dentro de la trama reticular del Ensanche, hipn�tica e irreal en su serialidad mec�nica, buscaba un no se que, quiz�s algo de mi que sent�a haber perdido en los a�os aqu�. Como hacemos al tratar de encontrar algo que llev�bamos en el bolsillo al darnos cuenta de su extrav�o, iba y ven�a por las calles en un intento de rehacer el camino andado. Recorr�a mi vida en sentido contrario, acompa�ando los pasos y las pausas con la m�mica de la memoria de mis acciones, como si con ello pudiese encontrar lo que hab�a perdido, o mas bien el lugar desde el cu�l me hab�a perdido. Buscaba dar con mi yo anterior, es decir, un movimiento direccionado en el tiempo y el espacio de los a�os pasados y del que me hab�a apartado, quedando suspendido en �ste lugar. Vagaba por las calles como si buscase un objeto, invisible para los dem�s pero precioso y necesario para m�, un hilo material que hubiese permanecido ah�, donde hab�a ca�do, esper�ndo durante todos �stos a�os a que finalmente me diera cuenta de lo que hab�a extraviado, el hilo de la narraci�n de mi ser esperando a ser retomado. Buscaba pues la esperanza, una promesa de vida en la hecatombe que hab�a sido para mi �sta ciudad.
Cuando recorr�a �stas calles al sol no soprtaba su nuevo maquillaje , el barn�z alegr�n e infantil que las hab�a recubierto. De d�a me her�an su luz lechosa y sus cielos impenetrables, como lo eran tambien cada una de las manzanas, cerradas como fortalezas. De noche en cambio todo ello dol�a menos. En la noche de la ciudad las luces artificiales, c�lidas y precisas, vuelven todo teatral, necesario y hermoso. La noche engull�a la exuberancia decimon�nica, ese ir y venir entre la m�sica mec�nica de lo industrial y el delirio ingenuo y floral de su burgues�a provinciana que de dia se mostraba grotesco, cosm�tico y mercantil.
Yo hab�a amado estas calles y edificios, como los conoc�: viejos, algo empobrecidos, mostrando mas el tiempo que se hab�a acumulado sobre ellos que la estructura que los sosten�a. Hab�a amado las pasiones escondidas que ese tiempo acumulado pareci� prometerme . Hab�a amado su dejadez y desolaci�n, esa manera en que el tiempo se hab�a convertido en objeto, en el verdadero tejido de sus calles. Pero sent�a que ese hermoso abandono hab�a sido exterminado, me hab�a sido arrebatado. La ciudad se hab�a remozado con tal sa�a, con tal rabia doctrinal que lo que me hab�a sido devuelto era una impostura, una novia vieja con los labios hinchados y la piel pl�stica de las juventud forzadas. Su nueva yo me parec�a una burla, y pon�a en duda no solo lo que yo era en ese momento, sino que lo que yo pensaba haber visto qued�ndome aqu�, a�os perdidos persiguiendo un fantasma.
Mi �nica compa��a en esas noches eran las porter�as iluminadas: brillaban como faros en mi noche interior. Parec�an tener una vida propia, como si su juego de luces contuviera un mensaje cifrado, con sus cambios de color, sus alternancias de intensidad. Casi id�nticas las unos a las otras eran los puertos divisados a lo lejos. Me alegraba la manera en que aparec�an y desaparec�an cuando se apagaba �el autom�tico�, y como se apropiaba de ellas el exterior con los dibujos geom�tricos que las farolas callejeras y sus rejas de ingreso proyectaban sobre su interior. Y a la inversa, las caligraf�as con que pintaban las aceras nocturnas cuando se encend�an desde su interior. Iba de una a otra, como hab�a hecho en el Museo de Historia Natural del M�xico de mi infancia. Ah� los dioramas los encend�a uno a voluntad en la oscuridad casi total de las salas que las conten�an . El sonido de los fluorescentes al encenderse era casi ensordecedor, retumbando dentro de las de c�pulas de hormig�n que formaban el museo, y donde el eco de su sonido se iba apagando de a poco como si fuese el final de una tormenta que se desvanec�a dejando detr�s los fantasmas disecados de los animales ex�ticos en posiciones de ataque, ni vivos ni muertos, en su habitat de ca�as de pl�stico y cielos pintados. Treinta a�os despu�s sent�a una parecida emoci�n al ver desde las aceras el temblor de los fluorescentes que se encend�an en una finca a lo lejos y corr�a a ella, antes de que se apagaran . Con mi nar�z contra el cristal de las puertas de la calle contemplaba los �nicos sitios donde el tiempo hab�a logrado escapar de la aniquilaci�n a la que hab�a sido sometido en las calles. El �nico reducto que quedaba de lo que para m� hab�a sido la verdadera belleza de �sta ciudad. En las porter�as la mise-en-scene de una naturaleza mineral me promet�a felicidad, misterio, vidas insospechadas, encuentros y pasiones que podr�an sacarme de ese torpor, de esa muerte en vida. Los portales iluminados eran como vitrinas sobre las que pod�a proyectar todas mis fantas�as de lo que a�n me deparar�a la vida. Como en los cuadros de Morandi, sus elementos repetidos, casi id�nticos parec�an ser capaces de expresar todos los anhelos, todos los recuerdos, todas las emociones: un ascensor, una escalera, los buzones, la pintura desonchada, las cornisas, los fluorescentes que palpitan, el suelo de m�rmol quebrado: ah� es donde se hab�a refugiado mi amor. Y recordaba como en mi primer viaje a �sta ciudad, en medio de un verano atroz de hace casi treinta a�os esas porter�as en lugar de contener el tiempo y la luz, conten�an la oscuridad y el aire fresco, entradas a mundos subterr�neos y secretos, que las porteras guardaban haciendo punto sobre sus sillas de mimbre. Pero cada noche, al mirar el tiempo suspendido en esas cajas de sombras y luz, recordaba tambi�n el cristal que me separaba de ellas, que las alejaba dej�ndolas siempre en el terreno de las vagas promesas, devolviendome al alba a seguir siendo un extranjero en �sta impenetrable ciudad.