Autorretrato
     ¿Crees tu realmente que yo deba consentir a dejar, como espectáculo deseable para la posteridad, la imagen de una imagen?� Plotino.

Pintar un autorretrato un intento de conjugar la infinita riqueza, ilimitada e imprecisa, de lo que sentimos, del c�mo nos sentimos, con la miseria de lo que podemos observar acerca de nuestra apariencia, de la dificultad para acceeder siquiera a nuestro parecer. Ante el problema de describirse como imagen plana y bidimensional, est�tica, el pintor se ve obligado a articular el roce tenso de de su sensibilidad con los pobres reflejos de su apariencia. Este esfuerzo podr�a presentarse como un paradigma de la dif�cil relaci�n que sostenemos hoy en dia los pintores con el mundo que vemos y las apariencias que constru�mos.

Nuestra interioridad es como la atmosfera terrestre. Su composici�n compleja est� en transformaci�n constante, en movimiento continuo: altas y bajas presiones, cambios de humedad, condensacion, cambios de temperatura, los vientos y corrientes, la interacci�n qu�mica de los elementos que la componen. Pero a pesar del cambio continuo, el movimiento y transformaci�n continuas hay algo as� como un promedio de condiciones constantes que re�ne nuestra atm�sfera y que hace posible la continuidad de la vida. La atm�sfera es siempre distinta e id�ntica a s� misma, extensa y compacta, transparente y opaca. �Pero cu�l ser�a el aspecto de esa atm�sfera si intentasemos imaginarla, darle una forma, suspenderla en una descripci�n? Si intentasemos pintarla, describirla con pintura, solo podr�amos utilizar fragmentos sueltos de maneras de su aspecto, caracter�sticas locales. Podr�amos pintar las nubes y las tonalidades del cielo, el color de la luz que a trav�s de ella se manifiesta. Ser�a simult�neamente una descripci�n verdadera y falsa por su extrema parcialidad. Ser�a tal vez mas conciso, mas eficaz, el intentar pintarla no desde la observaci�n de sus manifestaciones, sino que desde un conocimiento indirecto y exterior: la descripci�n de sus l�mites externos y de sus l�mites internos: la topograf�a terrestre, el horizonte, el aire que rodea a cada objeto.

Es posible que la �nica convicci�n com�n a cualquier pintor sea que las im�genes, las apariencias, desde su observaci�n o desde su producci�n, est�n cargadas de alg�n sentido, que son una forma de conocimiento que circula por circuitos distintos de los habituales desde los cuales el lenguaje produce su verdad. Confiamos en que existe alguna relaci�n entre lo que vemos y lo que sentimos y pensamos. �sta relaci�n mas que de equivalencia suele ser de oposici�n, de negaci�n, de inversi�n, pero sin la confianza en ella ser�a dif�cil explicar que es lo que lleva a alguien a pintar. Ver es pensar. El acto de ver, mas que aportar una imagen exterior a nuestra mente, como si �sta fotografiara el mundo, consiste en establecer relaciones y equivalencias continuas y fluctuantes entre las im�genes y los recuerdos (lo que sabemos), entre las im�genes y las ideas, entre las im�genes y la imaginaci�n. El ojo es pensante y selectivo y no puede observar las apariencias sin dotarlas simult�neamente de sentidos. Nuestro ojo-mente construye y percibe el aspecto f�sico de la visualidad pero tambi�n la carga de contenido emotivo e intelectual. El trabajo del pintor consistir�a as� en plasmar no lo que ve, sino que lo que ve en lo que ve.

Acerca de nosotros mismos lo conocemos casi todo excepto lo que cualquier otro al mirarnos puede saber: lo que nuestra presencia dice sobre nosotros, como somos en el mundo. El trabajo continuo de nuestra mente/ojo de dotar de sentido los sujetos y los objetos nos es negado en la primera persona y si creemos en las verdades que transmiten las apariencias siempre desearemos el poder habernos visto a nosotros mismos con la agudeza y claridad de la primera ocasi�n en que algo se ve.

Todos hemos tenido en alguna ocasi�n al experiencia de sorprender accidentalmente la imagen de un desconocido en el espejo, solo para caer despu�s en la cuenta de que se trata de nuestra propia imagen. Ese momento de incertidumbre, antes de que nuestra mente nos obligue al reconocimiento, a la reapropiaci�n, constituye una lecci�n acerca de la arbitrariedad de las im�genes, de la dificultad con que se acoplan al contenido del sujeto visto. Ante la sorpresa de nuestro aparecer nos encontramos desvalidos, como si hubi�semos perdido nuestra sombra. Esa imposibilidad de acceder a nuestra propia apariencia ha obligado siempre al pintor a recurrir a instrumentos externos para percibirla, el espejo, la m�quina fotogr�fica (que contiene un espejo), un estanque de agua. No podemos pintar nuestra imagen sin servirnos de un reflejo, la incidencia de nuestra luz y sombras sobre la superficie de un espejo. El espejo convierte la distancia en algo espec�fico, presente y casi impalpable a la vez. Las im�genes que nos devuelve son concretas, como lavadas y extra�amente distantes. Al tratar de indagar en la naturaleza de esa extra�eza nos encontramos con las deformaciones que ofrece: la imagen invertida, un mundo partido, un fragmento de mundo al rev�s, arrancado a la naturaleza y limitado contra natura. Nos vemos ante el como imagen inaccesible y est�tica, separada del aire y el movimiento y contenida como en una jaula de cristal en el espesor del vidrio que le dota de un cuerpo, que atrapa a la imagen a pesar de no ser exactamente la superficie reflectante. La superficie especular marca el limite preciso que separa el mundo de las apariencias del mundo de nuestra reflexi�n y de nuestro sentir profundo, estableciendo entre la imagen y el ser que se esconde detr�s una relaci�n de sim�trica inversi�n. El cristalino y pulcro reflejo en el espejo dif�cilmente se corresponde con la riqueza y desorden de nuestro sentir. Una clara lecci�n de lo que hay de falso en cualquier representaci�n.

Un autorretrato no es la trascripci�n a un soporte de una imagen especular. Es, en cambio, el esfuerzo que intenta acercar condiciones irreconciliables para fundirlas en una sola imagen. Es como tratar de conciliar un plural con un singular, un masculino con un femenino, la visi�n microsc�pica con la telesc�pica. El autorretrato ser�a la imagen de �ste acuerdo imposible y la narraci�n de las formas por las que se manifiesta su imposibilidad..

De los autorretratos expuestos me interesa sobre todo la fragilidad que despiden, una aparente falta de convicci�n, de ambici�n. Ante �stas huellas tenues de los modernos podemos medir la distancia que nos separa de aquel tiempo en que los pintores se mostraban rotundos en el mundo y en que la seguridad, la carnalidad, de sus representaciones era una forma de desafi� al tiempo. A pesar de que la referencia formal y conceptual de muchos de los aqu� expuestos provienen de los autorretratos de Rembrandt, nos encontramos en sus ant�podas. Rembrandt parece creer ferozmente en que la acumulaci�n de pintura, de materia, que configura las representaciones de su rostro es capaz de ocupar el lugar de una vida entera. Los retratos que aqu� vemos son por el contrario, representaciones tenues, como transparentes, casi diagramas, representaciones del rostro convertido en una membrana que apenas logra palpitar entre el ser representado y su completa disoluci�n.

Solo un siglo separa el famoso autorretrato de Courbet en su taller del autorretrato de Bacon que aqu� se muestra. Donde Courbet era aun capaz de entenderse a si mismo como el eje sobre el que giraba todo su mundo y sus fantasmas, Bacon, en cambio, se localiza casi en la periferia del mundo f�sico, como un experimento en un laboratorio aislado, un animal mostrando su propia extinci�n. Por algo Bacon citaba a Cocteau: �Cada d�a en el espejo veo a la muerte en acci�n�.

Si antes hablaba del espesor del cristal como el l�mite que separa los hechos vistos de las verdades sentidas, ser�a quiz� posible decir que ese espesor del cristal que atrapa la imagen es como ese membrana fina que da el parecido a los retratos aqu� mostrados. Esa membrana ser�a justamente el lugar donde casi se tocan los t�rminos opuestos del sentir-se y del ver-se. O la membrana que apenas logra contener nuestra propia disoluci�n.

Quiz� el arte del autorretrato se encuentre en pintar precisamente ese espesor.

Acerca de L�Ultima Mirada, MACBA, Barcelona, 1997.